20 febrero, 2026
El CAB abre un nuevo ciclo expositivo con las instalaciones de Matías Ercole, David Jiménez y la pareja formada por María Castellanos y Alberto Valverde
Las exposiciones estarán abiertas hasta el próximo 7 de junio en el centro de arte contemporáneo de la Fundación Caja de Burgos

El Centro de Arte Caja de Burgos CAB inaugura hoy sus tres nuevas propuestas artísticas, con las instalaciones de Matías Ercole, David Jiménez y la pareja formada por María Castellanos y Alberto Valverde. Las exposiciones permanecerán abiertas hasta el próximo 7 de junio.
María Castellanos y Alberto Valverde: Cartografías afectivas para el Simbioceno. El proyecto de Castellanos y Valverde para el CAB investiga nuevas formas de relación entre humanos, abejas y tecnologías.
La exposición parte de una investigación realizada con colmenas vivas en entornos rurales del norte de España. A través de sensores que registran temperatura, vibración, humedad y actividad interna, y sistemas de inteligencia artificial capaces de interpretar estos datos, lo que sucede dentro de la colmena se traduce en señales perceptibles para el visitante: visualizaciones, sonidos y estructuras narrativas especulativas.
Lejos de representar a las abejas, el proyecto busca relacionarse con ellas: escuchar sus ritmos, comprender sus formas de organización y aprender de su sensibilidad ambiental y de su papel en la polinización. La inteligencia artificial no se plantea como sustituto de la percepción humana, sino como mediadora parcial, una traductora que abre conexiones sin clausurarlas.
A través de una instalación sonora, dispositivos sensoriales y sistemas de visualización de datos, la muestra ensaya nuevos modelos de relación entre humanos, abejas y arquitecturas algorítmicas. El resultado es un territorio de resonancia compartida, donde habitar la incertidumbre forma parte del proceso de conocer y donde se reimaginan el cuidado y la colaboración interespecie.
Matías Ercole: Me olvidé de mis ojos. La obra de Matías Ercole (Buenos Aires, 1987), artista que vive y trabaja entre Roma y Buenos Aires, nace de la tensión entre invocación, identidad y territorio, haciendo visible aquello que se resiste a la mirada cotidiana.
A partir de imágenes densas y estratificadas, Ercole construye una “selva pictórica” donde tiempos, geografías y sensibilidades se superponen. Materiales diversos, iconografías y símbolos componen un campo visual fértil, en permanente transformación.
El esgrafiado funciona como metodología de excavación: cada corte en la superficie revela capas de color y luz que no estaban destinadas a aparecer. En este proceso, el artista enlaza tradiciones aparentemente distantes –la iconografía latinoamericana de lo salvaje y lo mítico y la herencia europea del paisaje como arte del orden– para construir un territorio híbrido, permeable y crítico.
El proyecto se sitúa en el cruce entre la imagen como construcción identitaria y la imagen como territorio emocional. Las obras, de gran formato y carácter envolvente, no se presentan como objetos autónomos, sino como extensiones del espacio expositivo. Puertas, escaleras y estructuras arquitectónicas funcionan como metáforas del tránsito entre capas temporales y culturales.
La mirada viajera, la colonial, la contemporánea y la íntima aparecen como estratos combinados. El resultado es una imagen que funciona como mapa, archivo e hipótesis crítica sobre cómo se construye visualmente la idea de territorio.
David Jiménez: Roma. El fotógrafo David Jiménez (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1970) presenta en el CAB un proyecto construido a partir del fragmento como metáfora de la sucesión histórica y emocional de una de las ciudades más emblemáticas del mundo.
Roma aparece aquí no solo como territorio físico, sino como espacio mental, donde los restos del pasado conviven con su percepción contemporánea. Esculturas quebradas, frescos erosionados, sombras, superficies gastadas y texturas del tiempo se reorganizan para generar un tejido visual abierto a múltiples lecturas.
El artista no busca documentar, sino proponer una experiencia poética que permita al espectador establecer sus propias relaciones, hallar ecos inesperados y descubrir tensiones que escapan a la literalidad de la imagen.
El conjunto se articula mediante piezas individuales, un gran mosaico formado por cientos de imágenes y un audiovisual organizado en dos proyecciones sucesivas. Este dispositivo permite experimentar la obra como una secuencia, un flujo sin jerarquías, donde las imágenes se enlazan unas con otras.
Roma se convierte así en un espacio de pensamiento: un lugar que nunca deja de reescribirse, donde las formas erosionadas se recodifican y adquieren nuevos sentidos.
